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Entre la ira y los smileys

In Listado de entradas on octubre 11, 2012 at 12:13

Últimamente por cierta circunstancia que tiene que ver con la valentía de los cristianos, me vino a la mente la frasecita de San Agustín “tú, [mi Dios], no admites ser poseído en la vecindad de la mentira”. Glups. También hace un par de días Benedicto XVI dijo que la tibieza desacredita al cristianismo.

Al respecto de la valentía y del coraje resulta curiosa la elección de Cristo al respecto de sus primeros apóstoles. Tengo la impresión de que estos tenían, por lo menos algunos, un carácter muy fuerte. De Santiago y Juan se les apoda Boanerges, es decir, “hijos del trueno”. Pretendieron hacer honor a su apellido cuando unos samaritanos se negaron a recibir a Jesús y ellos Le preguntaron si quería que mandasen hacer bajar fuego del cielo para que devorase a aquellos samaritanos. Mucho trueno, pero poco relámpago. O cuando la madre de estos chicos, Salomé, le pidió a Jesús en su último día en Jerusalén que colocase a sus hijos uno a cada lado de su trono. Todavía no entendían que el Reino no era de este mundo, pero tras la aclaración ellos aceptaron estar dispuestos a beber del cáliz que Él bebiera.

Ese genio un tanto iracundo, a veces incluso fanfarrón, fue modelado por el Espíritu Santo, que tomó toda esa energía y la canalizó. El demonio quiere que perdamos los estribos, en cambio Cristo quiere que usemos esa energía de la única manera buena posible: para derrotar al mismo demonio. Una locomotora puede desahogarse, pero eso no hará que se mueva. Así, el airado Santiago se convirtió en el primer apóstol muerto por seguir a Jesús quizá por su carácter apasionado en el anuncio del kerigma, lo cual ponía de los nervios al rey Agripa que terminó por mandar que lo decapitasen. Y el atronador Juan acabó escribiendo en su madurez: “Hijitos míos, amaos entre vosotros”…

Si Cristo fue modelo de ese coraje en su alzamiento tanto contra la hipocresía de los fariseos como la vanalidad de los mercaderes del Templo, para Él ese genio mal aplicado, esa ira mal entendida, esa pérdida de temperamento, es asesina: “«Habéis oído que se dijo a los antepasados: No matarás; y aquel que mate será reo ante el tribunal. Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal; pero el que llame a su hermano “imbécil”, será reo ante el Sanedrín; y el que le llame “renegado”, será reo de la gehenna de fuego.” (Mt 5,21-22) La mala ira es una perversión del coraje al que se le ha unido el orgullo humano resultando en ira destructiva en vez del coraje del justo. “El hombre violento provoca querellas, el hombre airado multiplica los delitos. El orgullo del pobre lo humillará; el humilde de espíritu obtendrá honores.” (Prb 29,22-23)

También San Pablo, que había tenido lo suyo con su genio antes de encontrarse con el resucitado de camino a Damasco, dijo que el temperamento no controlado era una “obra de la carne” (Gal 19-23).

Ahora bien, el típico problema de intentar evitar un filo de la navaja es acabar cayendo por el otro lado, ocurre así cuando como antídoto al enfado pecaminoso caemos en la tibieza o la excesiva timidez a la hora de plantear lo que importa. Y por eso se dijo “Porque no nos dio el Señor a nosotros un espíritu de timidez, sino de fortaleza, de caridad y de templanza.” (2Tim 1,7)

Francamente, no sé cual es peor de los dos, seguramente sean igual de malos: la ira pecaminosa del que se cree falsamente justo o la tibieza asquerosa del que se cree falsamente caritativo. Yo francamente creo que en nuestra cultura la pata de la que cojeamos es esta última, la tibieza excesiva. La tibieza toma la forma de una cierta jovialidad afetada con la esperanza de reducir la tensión entre el bien y el mal mediante la amabilidad, a veces incluso la frivolidad. Y supongo que aplicar esto está bien con los que se saben víctimas del mal, pero, ¿y con los cooperadores del mal mismo? Fusilando y adulterando una cita de Churchil podríamos decir que un tibio es alguien que alimenta a un cocodrilo con la esperanza de que será el último en ser comido por él. Pues me temo que en este mundo los últimos serán los primeros en ser comidos por el cocodrilo. Es increíble que yo esté escribiendo esto, pero creo que a veces demasiadas bromitas sólo señalan nuestra propia inseguridad. La risa es una gran medicina, me encanta, pero también puede ser un opiáceo.

Los soldados pusieron un sombrerito divertido a Cristo, Su Majestad hizo de él una corona.

Que no confundan a un cristiano con un smiley.

🙂

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