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Que los reyes no teman su ruina

In Listado de entradas on julio 5, 2012 at 11:30

San Agustín tuvo que ser un obispo genial, un estilo directo y sencillo, sin  boberías, y, según parece, lo que escribía era leído con fruición por muchos de los cristianos y paganos de la época, lo cual no me extraña. La redacción de La Ciudad de Dios fue bastante lenta y publicó los tres primeros libros de esta obra antes de terminar. A punto de terminar el quinto los tres primeros libros habían alcanzado gran popularidad.

Aquella era una época “interesante”, por decir algo, una época de crisis en la civilización romana. Los cristianos ya no eran perseguidos, pero el Imperio estaba podrido en sus cimientos. Fue un bombazo en todo el Imperio Romano el saqueo de Roma, de la mismísima capital del Imperio, por Alarico el 24 de agosto de 410. Los extrangeros, los bárbaros, hacían cuestionarse la estabilidad política y social de la civilización del obispo de Hipona. Y por supuesto grandes errores como el donatismo o el pelagianismo campaban por sus respetos en algunas amplias regiones.

La crisis y la podredumbre de ahora vuelven a hacer actual a San Agustín:

[…]aunque los buenos y malos juntamente hayan sido afligidos con tribulaciones y gravísimos males, no por eso dejan de distinguirse entre sí porque no sean distintos los males que unos y otros han padecido; pues se compadece muy bien la diferencia de los atribulados con la semejanza de las tribulaciones, y, a pesar de que sufran un mismo tormento, con todo, no es una misma cosa la virtud y el vicio; porque así como con un mismo fuego resplandece el oro, descubriendo sus quilates, y la paja humea, y con un mismo trillo se quebranta la arista, y el grano se limpia; y asimismo, aunque se expriman con un mismo peso y husillo el aceite y el alpechín, no por eso se confunden entre sí; así también una misma adversidad prueba, purifica y afina a los buenos, y a los malos los reprueba, destruye y aniquila; por consiguiente, en una misma calamidad, los pecadores abominan y blasfeman de Dios, y los justos le glorifican y piden misericordia; consistiendo la diferencia de tan varios sentimientos, no en la calidad del mal que se padece, sino en la de las personas que lo sufren; porque, movidos de un mismo modo, exhala el cieno un hedor insufrible y el ungüento precioso una fragancia suavísima.

[…] Que los Santos no pierden nada con la pérdida de las cosas temporales Si dicen que perdieron cuanto poseían, pregunto: ¿Perdieron la fe? ¿Perdieron la religión? ¿Perdieron los bienes del hombre interior, que es el rico en los ojos de Dios? Estas son las riquezas y el caudal de los cristianos, a quienes el esclarecido Apóstol de las gentes decía: “Grande riqueza es vivir en el servicio de Dios, y contentarse con lo suficiente y necesario, porque así como al nacer no metimos con nosotros cosa alguna en este mundo, así tampoco, al morir, la podremos llevar. Teniendo, pues, que comer y vestir, contentémonos con eso; porque los que procuran hacerse ricos caen en varias tentaciones y lazos, en muchos deseos, no sólo necios, sino perniciosos, que anegan a los hombres en la muerte y condenación eterna; porque la avaricia es la raíz de todos los males, y cebados en ella algunos, y siguiéndola perdieron la fe y se enredaron en muchos dolores. Aquellos que en el saqueo de Roma perdieron los bienes de la tierra, si los poseían del modo que lo habían oído a este pobre en lo exterior, y rico en lo interior, esto es, si usaban del mundo como si no usaran de él, pudieron decir lo que Job, gravemente tentado y nunca vencido: “Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré a la tierra. El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó; como al Señor le agradó, así se ha hecho; sea el nombre del Señor bendito”, para que, en efecto, como buen siervo estimase por rica y crecida hacienda la voluntad y gracia de su Señor; enriqueciese, sirviéndole con el espíritu, y no se entristeciese ni le causase pena el dejar en vida lo que había de dejar bien presto muriendo. Pero los más débiles y flacos, que estaban adheridos con todo su corazón a estos bienes temporales, aunque no lo antepusiesen al amor de Jesucristo, vieron con dolor, perdiéndolos, cuánto pecaron estimándolos con demasiado afecto; pues tan grande fue su sentimiento en este infortunio como los dolores que padecieron, según afirma el Apóstol, y dejo referido, y así convenía que se les enseñase también con la doctrina la experiencia a los que por tanto tanto tiempo no hicieron caso de la disciplina de la palabra, pues cuando dijo el Apóstol Pablo “que los que procuran hacerse ricos caen en varias tentaciones”, sin duda que en las riquezas no reprende la hacienda, sino la codicia.

Viendo cómo decisiones políticas que nada tienen que ver con la imparcialidad o el sentido común sino sólo con cierto fanatismo ideológico tomadas a miles de kilómetros influyen en la vida de algunos pobrecillos que hace pocos años decían “yo soy el rey del mundo” me hacen recordar eso de Carmina Burana, la de Orff, que decía sobre los paganos, “rex sedet in vertice, caveat ruinam!”, que viene significando algo así como: el rey que se sienta en la cúspide tema su ruina. Pero no, no será cuestión de eso que la obra de Orff llamaban Fortuna o Suerte sino de haber asentado (o no) tu casa sobre la Roca que es el Señor, porque al tesoro del cristiano no se lo pueden llevar las mareas del mundo; o por el contrario, haber asentado tu casa sobre la arena del mundo que se lleva el agua cuando sube y baja la marea. El Señor es la única Heredad, el resto es un bluf que puede que tengamos y bendito sea el Señor, o puede que no y bendito sea el Señor. Quizá por eso el santo es el único rey que no teme su ruina.

Curioso, los paganos representan la diosa Fortuna al lado de una rueda en la que establecen varias etapas. La primera etapa es la cúspide es la de reinado o cima, otra es la de haber reinado o declive, otra es la de no tener reino cuando todo está perdido y otra más es la de las esperanzas de reinar o signos positivos de mejora. Y vuelta a empezar. A medida que la rueda gira pasamos por unas etapas u otras. Bueno, también nos cuentan que las crisis y recuperaciones son cíclicas.

Los cristianos en la Edad Media también se fijaron en esa rueda y la cristianizaron. Se fijaron que a medida que nos movíamos por los radios de la rueda hacia el centro nuestra velocidad lineal era menor, la amplitud de la subidas y bajadas era menos trepidante, hasta llegar al centro del eje de la rueda el cual no sufre estos meneos. Si el centro de nuestra vida es Cristo podremos tener paz, las subidas y bajadas de la vida no nos exhasperarán más. Podríamos mover nuestras almas hacia Dios o hacia nosotros mismos. Mover el alma hacia Dios significa mover la voluntad, el amor que nos lleva a buscar la Bondad, es decir a Dios. También significa mover el entendimiento, es decir, la inteligencia que nos lleva a buscar la Verdad, es decir a Dios. Moverse hacia Dios es moverse hacia el Cielo.

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