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Cuando el Katéjon se desmorona (I)

In Listado de entradas on junio 22, 2012 at 13:36

Hace unos días comencé a leer los Cuatro sermones sobre el Anticristo de Newman a la vez que releía Señor del mundo de Benson. (Por cierto, qué gran error es no publicar todos los libros en formato digital, cuando se descatalogan se pierden; el mundo dejará atrás grandes libros por pura dejadez. En fin…) La obra de Benson podría decir que es la versión novelada (es una recreación fictícia de cómo se imagina que va a suceder el fin del mundo) de los sermones sobre el Anticristo, de ese tiempo narrado tanto en el Apocalipsis como en el libro de Daniel que analiza poco a poco, cuidadosa y prudentemente, Newman. Por cierto es sorprendente cómo la conversión del beato Newman al catolicismo ayudó a muchos otros a realizar el mismo camino hacia la Iglesia, no sólo Benson, sino también tuvo influencia en la conversión, por ejemplo, de Chesterton o de R. Knox.

Sobre la novela de Benson ya hablé aquí en su día, de esa enorme intuición (como digo también influenciada por los sermones de Newman) que tuvo para poder plasmar cuestiones difícilmente imaginables en su tiempo como la administración habitual de la eutanasia, el poder que las ideologías tendrían sobre la sociedad, la pérdida de la caridad en favor de la filantropía, es decir, la pérdida de la dimensión vertical del amor, la eliminación de la ley natural…

Acerca del Anticristo, Newman comenta varias posibilidades en la relación entre el surgimiento del Anticristo, una gran apostasía y la persecución de cualquier divinidad. Por un lado “el hombre de pecado nace de una apostasía, o por lo menos accede al poder por medio de una apostasía, o es precedido por una apostasía, o no existiría si no fuese por una apostasía”. Por otro Newman comenta la aparente contradicción entre la persecución del Anticristo a Dios y a los dioses, la persecución a la Iglesia, y la afirmación de que este bicho disfrazado de mesías crearía algún tipo de nuevo culto religioso fuertemente humanitarista.

Aparentemente es contradictorio el hecho de pretender eliminar la fe en cualquier tipo de divinidad e imponer una nueva religión pagana y a la vez atea. Es como lo que decía Chesterton, quien no cree en Dios termina creyendo en cualquier cosa. Aún así me resultaría difícil de creer si no fuese porque ha ocurrido, y hace no tanto. Al respecto de esta contradicción pone como ejemplo Newman la primera de las tres grandes masacres de nuestro tiempo junto con el nazismo y el comunismo, la revolución francesa.

Curiosamente Benson en la novela fue muy inteligente a la hora de narrar este culto humanitarista con divinidad pero sin ella en su novela, estoy totalmente convencido de que cuando narra los hechos y describe templos y cultos está describiendo de forma sucinta los hechos que de aquella tenían todavía frescos en la memoria, los cultos públicos paganos que se dieron en la revolución francesa. Incluso narra cómo un cura que pierde la fe es el encargado de construir la peculiar liturgia humanitarista de la novela y, si no me equivoco, lo mismo ocurrió con algún culto friki de los ilustrados franceses.

En palabras del historiador Pierre Gaxote al respecto de los cultos sucedidos durante la revolución francesa:

“La cosa parecía bien encarrilada: Chaumette se apresuró a organizar una nueva manifestación. Tres días bastaron para prepararlo todo y el 10 de noviembre la Razón hizo su entrada en Nôtre Dame. […] A la cabeza, las autoridades del departamento y de la Commune; detrás, los músicos y cantores, y para cerrar la marcha, muchachas vestidas de blanco y ceñidas con bandas tricolores. En el interior de la catedral se había levantado una montaña de cartón, coronada por un templo griego […]. En torno, antorchas y bustos: Voltaire, Rousseau, Franklin. Hubo discursos, cantos, música. Las muchachas se encaramaron a la montaña y del templo griego salió una artista de la Ópera que representaba a la Razón. […] Chaumette anunció que el fanatismo no había podido soportar el brillo de la verdadera luz. El presidente Laloy anatematizó fieramente a la hidra de la superstición. […] la antorcha de la verdad iluminó las tinieblas, las trompetas resonaron bajo las bóvedas, las muchachas vestidas de blanco escalaron […] la montaña de cartón […]; Chaumette cantó a la Naturaleza, la Justicia y la Verdad con un nuevo discurso; y todos se separaron un poco cansados”

“El 7 de Junio de 1794, pronunciaba en la Convención un discurso muy estudiado sobre las relaciones entre las ideas morales y los principios republicanos. El fundamento de la sociedad, decía, es sustancialmente la moral. La moral es vana si no está acompañada de sanción, y no hay sanción más eficaz que la de una divinidad capaz de suplir los errores e insuficiencias de la autoridad humana; pero, ¿y si no hay divinidad? Poco importa. Todo lo que es útil al mundo y es bueno en la práctica, es verdad. En consecuencia de lo cual, la Convención, ni corta ni perezosa, adoptó un catecismo en quince artículos”.

“El artículo primero reconocía la existencia del Ser Supremo y la inmortalidad del alma. Los artículos 2 y 3 enumeraban los deberes para con el Ser Supremo, a saber: el odio a los tiranos, el castigo de los traidores, la fraternidad y la práctica de la justicia. Los artículos 4 al 10 instituían fiestas que habían de recordar al hombre ‘el pensamiento de la divinidad y la dignidad de su ser’. Estas fiestas eran, el 14 de julio, el 10 de agosto, el 21 de enero y el 31 de mayo; más treinta y seis fiestas, una cada diez días, a la Gloria del Ser Supremo, de la República, de la Justicia, del Pudor, de la Frugalidad, del Estoicismo, de la Fe conyugal, etcétera. Los otros artículos mantenían la libertad de cultos, pero castigaban rigurosamente las “reuniones aristocráticas” y las “predicaciones fanáticas”. La primera fiesta quedó fijada para el 20 de prairial, que resultaba ser el domingo de Pentecostés (8 de Junio de 1794)”.

“Fue una cosa bastante ridícula. Ante el pabellón central de las Tullerías, que coronaba un colosal gorro frigio, se elevaba hasta la altura del primer piso un anfiteatro de follaje sobrecargado de flores, de jarrones, de banderas y de estatuas. En la parte baja, una estatua del Ateísmo, de estopa, en cuyo interior se encontraba una pequeña Sabiduría incombustible. En el Campo de Marte, la inevitable y simbólica montaña, provista de todos sus accesorios: una columna de cincuenta pies, una gruta, senderos abruptos, cuatro tumbas etruscas, una pirámide, candelabros, un templo griego y un altar”.

“[…] los programas del espectáculo se habían repartido por millares. A las cinco de la mañana, concentración. […] A las ocho, salida para las Tullerías, en fila y marcando el paso. Las ciudadanas, de blanco; los ciudadanos, llevando ramos de laurel y los niños, con cestas de flores. A las diez, salva de artillería, música, llegada de la Convención. Robespierre, […], se instaló en un sillón aislado y leyó un corto sermón que le preparó un antiguo cura. Los coros de la Ópera, acompañados por los individuos de las secciones, entonaron el himno: ‘Padre del universo, suprema inteligencia…’. Robespierre descendió del trono, prendió fuego al Ateísmo de estopa y la Sabiduría incombustible apareció embadurnada de hollín. Salida para el Campo de Marte en procesión: las secciones por orden alfabético, tres músicas militares, cien tambores, un carro de la Libertad arrastrado por dieciocho bueyes, los diputados con un ramo de flores en la mano y Robespierre, vistiendo frac azul, bien destacado veinte pasos delante de todos los demás. Dan todos la vuelta a la montaña; los diputados y los coros trepan por los senderos escarpados y cantan: ‘Padre del universo, suprema inteligencia’. Al terminar la última estrofa, truenan horrísonamente los cañones, los niños arrojan flores y los ‘sans culottes’ de ambos sexos se besan. Y aquí termina todo. La Convención vuelve corporativamente a las Tullerías y los ciudadanos que aún tienen asignados se dispersan por las tabernas”

Jo, si de aquella hubiese existído Youtube habría sido tronchante ver a gente tan grandilocuente adorar el gorro de papá pitufo (el gorro frigio), bueno, si no fuese porque el baño de sangre fue brutal, como digo, el primero de las tres últimas grandes barbaridades de la historia junto con el nazismo y el comunismo.

Curiosamente tal y como dice el Apocalipsis hay cierta relación entre las grandes pérdidas de fe y la aclamación de cualquier pirado al que se le dan atributos mesiánicos. Visto desde fuera y con el modernismo ya muerto parece fácil, ¿cómo pudieron caer en semejante chaladura? Pero, qué difícil es mantener la fe en el Señor cuando parece que todo y todos a tu alrededor te gritan con sorna ¿dónde está tu Dios? Cuando sencillamente parece que Dios no está y que todo esto se acaba. No, no es nada sencillo.

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