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La casualidad nos va a alcanzar

In Listado de entradas on mayo 30, 2012 at 13:21

Dando un repaso a la historia de la filosofía uno se puede dar cuenta del peligro que tienen algunas ideas o teorías que se le ocurren a algún alma cándida. Aparentemente son inocuas, aisladas en el tiempo, casi uno diría que resultan hasta inocentes y brillantemente argumentadas. Sin embargo muchas veces son como el lanzamiento de una nave que no pudiese corregir su trayectoria, una desviación muy pequeña en su lanzamiento provoca con el tiempo una desviación muy grande. Muchas veces la historia de la filosofía supongo que ha sido así, ¿acaso sabía Ockham cuando sacó la navaja que iba a sajar de arriba a abajo la unidad de fe y razón que existía hasta la época a mayor gloria de Agustín y Tomás? Pues supongo que no, pero una cosa llevó a la otra y se lió parda, y pensador tras pensador tiraron de los dos hilitos hasta que unos acabaron diciendo que todo venía de Dios y que la naturaleza estaba podrida y otros que todo era naturaleza y que lo de Dios era un cuento chino. Resumiendo, digo.

Y sin embargo yo diría que la tensión existente entre fe y razón ha sido concretamente una tensión filosófica más que científica, por mucho que más de uno se empeñe en envolver la ciencia con pensamiento mágico cientifista.

En aquellos buenos tiempos materialistas en los que se fraguó la cosa, allá por la segunda mitad del siglo XIX, los grandes avances en las ciencias naturales y los hallazgos arqueológicos que permitieron tener un mayor conocimiento de las culturas antiguas, parecía que amenazaban al cristianismo. Sin embargo, las dificultades no provenían realmente de la ciencia sino de cositas como el agnosticismo y el materialismo que se presentaban como si estuvieran avaladas por la ciencia.

Ese ateísmo se basa en un relativismo metafísico, es decir, niega la existencia de cualquier absoluto, de aquello que no depende de nada para existir, por lo que niega la existencia de Dios. Si niega la existencia de cualquier absoluto también debe negar la existencia de algún tipo de creación, todo debería ser materia eterna que evoluciona interrelacionada y sin sentido. Por lo que la teoría del Big Bang debió ser realmente una gran explosión para el materialismo. Luego lloriqueaban con lo de que de la nada puede salir algo y tal. O lo de confundir el vacío cuántico con lo de la creación a partir de la nada, como si el espacio y el tiempo necesarios no fuesen parte de esa Creación. O lo de explicar la belleza (increíble pero estas orejitas mías lo han escuchado) de la nada…

Decir que “[e]ntonces Yahvé Dios formó al hombre con polvo de la tierra; luego sopló en su nariz un aliento de vida, y el hombre tuvo aliento y vida. (Gen 2,7)” puede dar una idea de que Dios formó al hombre con elementos de la propia Creación. Es decir, un concepto de evolución del que sabe que “casualidad” es uno de los nombres de Dios. Y curiosamente ésta me resulta de lo más católica puesto que, frente a los antiguos protestantes que consideraban que la gracia sustituye a la naturaleza -que estaba corrompida-, es muy católica la idea de la gracia que presentó en su día Santo Tomás: la gracia no destruye la naturaleza, sino que la eleva y perfecciona.

Incluso hay un tema más sorprendente -y muy complicado- que es la relación entre el alma (no es exactamente lo que yo quiero decir, pero puedes llamarlo “mente” si lo de “alma” se te atraganta) y el cuerpo. Cuando el mundo creía en el dualismo la Iglesia defendió la dualidad. El dualismo de Descartes propugna que el cuerpo y el alma son dos sustancias muy diferentes e independientes. Tan diferentes los planteó que tuvo dificultades para establecer la interacción del uno con la otra así que ¡adacadabra chis pum! recurrió a la glándula pineal para decir que ésta era la que enviaba los impulsos del cuerpo al alma. El alma cual fantasma errante pensaba qué hacía con esas percepciones y luego comunicaba a la glándula pineal el siguiente movimiento del cuerpo-peón.

Sin embargo con el tiempo se han ido encontrando las relaciones entre los hechos mentales y los fisiológicos que suceden en el cerebro. Y aunque esto no nos acerca ni un paso a trascender el dualismo alma-cuerpo, pues el funcionamiento de la mente/cerebro es complejísimo (aunque por defecto “pofesional” estamos tentados a ello, parece que el cerebro no funciona como un ordenador. Una pena.), esto enriquece y amplía nuestro conocimiento sobre el tema. Lo sorprendente es que esta compenetración mutua de alma y cuerpo en sus actividades es simplemente lo que la filosofía católica lleva enseñando “toa-la-vida-de-Dios” frente al dualismo, que el hombre enterito es una unidad vital. O, como dice el catecismo en el punto 365, “en el hombre, el espíritu y la materia no son dos naturalezas unidas, sino que su unión constituye una única naturaleza.” Al final la casualidad nos va a alcanzar y todo…

Es más, hoy es común encontrar una extraña “correlación incoherente” entre aquellos que opinan que no hay alma ni Dios ni ná de ná y a la vez son dualistas que separan el alma del cuerpo a lo Descartes. Sip, es un poco locura y muchas veces un drama, pero ahí está. Tal es el caso de aquellos que consideran que uno no nace con un sexo concreto sino que el sexo es una “convención social” que hay que erradicar. Es decir, uno no nace chico ni chica sino que es un alma-género-neutro que puede autodeterminarse corpóreamente de la forma que quiera. Una mente-fantasma viviendo de alquiler en un cuerpo concreto con derecho a vivir en el cuerpo que quiera. Están locos estos magufos…

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  1. Problemita:
    Mi padre murió. No es que se muriera su cuerpo, no, es que se murió él, ¡zas! No lo enterramos a él, claro. ¿Quién será capaz de enterrar a su padre? Lo que enterramos fue un cadáver. Cuando cerré la tapa del ataúd -varios días después del fallecimiento- estaba seguro de que lo que quedaba allí encerrado no era mi padre aunque se parecía a mi padre cuando dormía la siesta.
    Muy bien. Dos horas después de su muerte celebré la primera misa en sufragio por su alma. Cuando lo enterramos ya habíamos celebrado más de seis misas por la misma intención y, desde entonces, hemos celebrado más de seiscientas.
    Si la muerte ha aniquilado a mi padre, entonces celebrar misas en sufragio por su alma es celebrar misas por algo que no existe o que, de existir, no es alguien y, desde luego, no es mi padre.

    • mmm, :), ya lo pensé, lo único que puedo declarar es que el hombre es un gran misterio del cual no sé nada. Y por eso puse que cuando el mundo defendía el dualismo, la Iglesia defendía la dualidad y lo dejé ahí.

      Se supone que hay dos cositas en el hombre, una es el cuerpo y otra es el alma. Creemos que el alma es inmaterial y también inmortal, gracias a Dios. Pero a la vez ambas cositas son la persona. ¿Cómo es posible que el alma “sobreviva” al cuerpo sin el “sustento” del cerebro? Pues no lo sé, es parte del misterio, pero tengo fe en que sea así.

      Una de las cosas que me pregunto es qué relación hay entre lo que llamamos mente y lo que llamamos alma, ¿son lo mismo? mmmm

  2. Es hermoso considerar que la Iglesia no contempla la posibilidad de que haya hombres en el infierno -hasta la resurrección- o en el purgatorio o en el seno de Abraham. Ad inferos descienden las almas, dice. Por otra parte, cuando decimos de Cristo que descendió a los infiernos no decimos solo que murió -eso ya lo habíamos dicho antes-. Lo que subsiste del hombre tras la muerte no es el hombre completo, pero tampoco es una cosa que el tenía -como un paraguas- sino alguien. Alguien incompleto, claro, sumamente incompleto. El amable Adriano también creía en la subsistencia del alma: “Animula vagula blandula, hospes comesque corporis…” Si el alma no fuera alguien, si fuera solo algo de alguien que ha muerto, al juicio particular no comparecería nadie. El juicio no recaería sobre alguien personal -aunque incompleto- sino sobre algo como sus zapatos, o su paraguas. No estoy muy seguro de lo que queremos decir cuando decimos que conocemos la mente de alguien. Cuando se habla de la mente del legislador se refiere uno a su intención -que, por otra parte, no se puede conocer sin atender a la letra de la ley- no a su alma. Conocer la mente de un cadáver es muy difícil porque los cadáveres suelen estar muy desanimados de lo que deduzco que la mente y el alma tienen mucho que ver. Ahora bien, no sé si nuestro conocimiento de la mente humana puede llamarse conocimiento del alma. Para saber si la mente y el alma son la misma cosa tendríamos que estudiar una mente separada del cuerpo, lo cual no parece dable.
    Me gusta mucho leer su bonito blog y aprecio mucho su amabilidad y su paciencia conmigo. ¡Gracias!

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