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La maquinaria del principado y René Girard

In Listado de entradas on abril 17, 2012 at 11:15

Es curioso que cuando dos personas se dejan llevar por la ira, por el odio y discuten dejan de ser personas para convertirse en engranajes, en dos ruedas dentadas, en dos engranajes enfrentados y engarzados el uno en el otro de forma que a pesar de tener sentidos de giro distinto no son mecanismos separados sino que el movimiento de uno alimenta el movimiento del otro. Y el mal es devuelto con mal. Es decir, una rueda dentada gira provocando el movimiento de la opuesta y viceversa. Quizá sea el éxito del demonio, convertir a la humanidad en una máquina llena de ruedecillas dentadas que provocan reacción unas en otras y que a su vez son provocadas por otras.

Y sólo es Cristo el que revienta la maquinaria, el que ante el mordisco de uno de esos engranajes logra no convertirse también en engranaje para seguir el juego del demonio sino que padece en su cuerpo y ve su piel desgarrada por el mordisco de la rueda dentada.

Algo así es como interpreto la obra del genial René Girard, sobre todo Veo a Satán caer como el relámpago. La tesis del deseo mimético y la relación con la violencia de Girard me parece que conjuga de forma increíble con la filosofía de la historia de Toynbee. Si Toynbee en un punto habla de minorías creativas que son imitadas y seguidas por la sociedad, yo diría que Girard completa este punto hablando del deseo mimético y cómo éste acaba engendrando violencia. Poner en relación Toynbee con Girard me llama la atención, pero bueno, qué le vamos a hacer, quizá el Cielo sea un lugar estupendo con una biblioteca gigante, un sillón cómodo y tiempo infinito, claro, que entonces el infierno sería… noooooo!!!

Lo de la derecha es como lo que el de la izquierda tiene en la cabeza, vaya una lucha!

La fe nos da perspectiva, ilumina nuestra razón, diría que la fe nos libra de ser exclusivamente hijos de nuestro tiempo. Nos libera del flujo hipnótico que ejercen las masas. Y Girard lo demuestra con su obra. El hombre es un ser cultural y su aprendizaje y comportamiento se basa en la imitación. El mimetismo es imprescindible como sustento del aprendizaje y la cultura, pero tiene algo, digamos, de peligroso: genera rivalidad. Girard habla de que el deseo no surge directamente hacia un objeto, sino que está influenciado por el deseo de otro, es decir, tiene carácter mimético. Tendemos a desear lo que desan otros, vaya. Se habla de triángulos miméticos, es decir, al imitar el deseo de otro, el otro se convierte en tu rival, al desear lo mismo que él existe una pugna por conseguir el objeto deseado.

Esto supone una amenaza constante en la propia cultura, en la propia sociedad. Y el mecanismo que impide el desencadenamiento del caos es la elevación del mecanismo de mímesis a un segundo grado, es posible olvidar mi rivalidad y elegir como rival al enemigo de otro. La enemistad es también transferible, se puede encontrar una víctima de recambio, un chivo expiatorio que ejerza el efecto contrario, mientras el contagio mimético creaba conflicto, ahora establece la unanimidad en la enemistad común. A ese chivo expiatorio se le achacan todos los males que afectan a la comunidad hasta que alguien arroja la primera piedra lo que es seguido por una lluvia de piedras que lo mata.

Uno que se quita los pellejitos que sobran

Girard sostiene que no es un mecanismo que dependa de la voluntad de los miembros del grupo, no es consciente. Curiosamente, una vez que el sacrificio ha restablecido la calma, la víctima cambia de valoración y aquella que era considerada el origen de todos los males pasa a ser valorada como benefactora, la que salva del caos al grupo. Giraud afirma que un acto de violencia colectiva contra un inocente es el que aúna los intereses de la sociedad, la que lo salva de la autodestrucción. En las sociedades precristianas la violencia sacrificial es “el auténtico corazón y al alma secreta de lo sagrado”.

En este punto defiende que sólo en la Historia Sagrada, en la Biblia, es dónde se inicia la Revelación que desacraliza la violencia haciendo patente que la víctima era inocente. La Pasión de Jesús es muy parecida a los sacrificios de los que habla, es una confabulación de todos contra un inocente, es la violencia colectiva que hace que Herodes y Pilatos “se hagan amigos”. Sin embargo la Biblia es una especie de antitipo del relato mítico pues no relatan los hechos desde la perspectiva de los perseguidores, como se hace en los relatos míticos, sino desde el que padece una acusación falsa. Es la ruptura de la esclavitud de la unanimidad injusta, es la liberación de la visión de las masas. Es sorprendente porque en este caso es el mismo Dios quien asume por amor el papel de víctima haciendo posible la revelación, la luz, sobre el mecanismo victimario inherente a la sociedad. Es la luz sobre la oscuridad en que vivía sumido el hombre.

La sociedad occidental en sus orígenes se construyó sobre ese proceso de revelación del mecanismo victimario que inició el cristianismo. La sociedad moderna, en especial en los siglos XVIII y XIX rechazó la religión con la afirmación de que la ciencia, sin importar moral y religión, sería la que diese fin a “la persecución de brujas”. Girard hace la afirmación contraria “la cienca se ha impuesto a los hombres porque, por razones morales, religiosas, se ha cesado de perseguir a las brujas”. La sociedad moderna se impuso sobre la base de que el racionalismo es el que destruye la violencia, sin embargo se vio totalmente frustrada a raíz de las grandes guerras de ideología de finales del XIX y comienzos del XX, brutalidades que hicieron palidecer las guerras de religión anteriores. Para el “ilustrista” racionalista fue algo asbolutamente desconcertante.

Te alabamos, Señor

Es cierto que la desacralización de la naturaleza y la sociedad hizo que fuera posible la conciencia del mecanismo victimario lo cual lo debilita, lo hace menos eficaz. Sin embargo, la contrapartida es que se cayó en la ilusión del individualismo, la creencia del hombre autónomo y original. El punto del asunto es que el hombre rechaza la trascendencia vertical (“Dios a muerto”) creyéndose libre de la trascendencia. Es lo que llama la “mentira romántica”, no basta con rechazar la trascendencia para suprimirla, la trascendencia que pierde su eficacia vertical se desvía hacia la horizontal, hacia lo humano, “divinizando al hombre”. Es la idolatría del hombre, que se da por no poder renunciar al infinito, la que hace que el hombre vuelva a caer de nuevo en el mecanismo del deseo mimético y su violencia asociada contra un chivo expiatorio. Un ejemplo claro es el Holocausto, la Shoah, de la alemania nazi o la barbarie del imperio comunista.

El individuo moderno es eso que queda de la persona cuando las ideologías románticas han pasado por allí, es una idolatría de la autosuficiencia forzosamente engañosa, un voluntarismo antimimético que provoca, inmediatamente después, una repetición del mimetismo (Cuando empiezan a suceder estas cosas…, René Girard)

Qué majo el de la derecha tendiendo a otros dos su rosario como si fuese una escala

Sin embargo, frente a esta actitud “romántica” también encuentra Girard el relato que denomina “novelesco”, es el “desenmascarador” puesto que revela el carácter mimético del deseo, mostrando el mediador rival. Es ese genio novelesco de Dostoievski o Cervantes que superan la mentira romántica para mostrar la envidia, el orgullo, la vanidad, el esnobismo, la avaricia… Es decir, se nace a la humildad y se reconoce la propia locura quijotesca, entonces:

Todos los planes de la existencia se invierten, todos los efectos del deseo metafísico son sustituidos por efectos contrarios. La mentira es remplazada por la verdad, la angustia por el recuerdo, la agitación por el reposo, el odio por el amor, la humillación por la humildad, el deseo según el otro por el deseo según uno mismo, la trascendencia desviada por la trascendencia vertical. (Mentira romántica y verdad novelesca, René Girard)

Realmente Girard demuestra que la Historia de la Salvación es la que salva al hombre…

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