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Los rebeldes austríacos se equivocan. Fuera el moralismo, viva la humildad

In Listado de entradas on abril 12, 2012 at 07:38

He estado leyendo algunas cosas sobre la cuestión de los rebeldes austríacos y del mensaje del papa animando a la fidelidad y la obediencia.

Si no me equivoco es algo así como que los rebeldes austríacos quieren hacer recortes en la moral para adaptar la cosa a los tiempos modernos. De esa forma  aparentemente sería más sencillo ser cristiano en esta sociedad y por otra parte sería más fácil que la gente se acercase a la Iglesia. Los jóvenes se alejan de la Iglesia porque no se ven capaces de vivir bajo las normas morales, dicen.

La primera cuestión que me planteo es quién narices soy yo para hablar de esto. Nadie. La más triste nada. Es más, precisamente yo sería el menos indicado para hablar de cuestiones morales. Sin embargo, si no dijera ahora lo bueno que es el Señor sería para darme de tortas.

Yo creo que la cuestión la plantean al revés, no conozco a nadie que se acerque al Señor por ser un cumplidor estricto de las normas morales. Ni siendo muchas las normas que nos queramos poner ni siendo pocas. Es más, queremos que sean pocas, las que nos gusten como hijos de nuestro tiempo para poderlas cumplir fácilmente y sentirnos a gustito con nosotros mismos, para sentirnos “buena gente”, para hacer de la religión no un re-ligare con nuestra propia cruz sino una mantita eléctrica para estar calentitos. Realmente creo que el que quiere ponerse sus propias normas -muchas o pocas- tiende a ser más bien moralista, el moralismo del que cree que puede cumplir por sí mismo sus propias normas con cierta facilidad.

Eso conduce directamente al abismo de la autocomplacencia. No se trata de cumplir y menos por nuestras propias fuerzas, se trata de algo mucho más profundo, de amar y de aceptar el amor del Señor…

Si te reconoces un desastre que chapotea por el lodo recurrentemente, entonces la Iglesia está en función tuya, pero no para decirte que el pecado no lo es, sino para ayudarte a levantarte, para mostrarte el amor de Dios, para perdonarte. Lo primero no es cumplir, lo primero es buscar al Señor. Lo primero es sentirse amado por el Señor, el resto viene después. Y no viene por voluntarismo, no viene por un “tengo que” ni un “debo hacer” (manda a la porra el dichoso moralismo). Viene por un “Señor, si quieres puedes curarme”.

Todo comienza por amor al Señor, por sentirse salvado, por reconocer que uno es un soberbio. ¿Cómo un soberbio puede reconocer que lo es? Por un milagro, sintiéndose amado profundamente por el Señor. Estando dispuesto a seguir al Señor, a devolverle una parte, aunque sea minúscula e inconstante del amor que Él ya te ha dado.

Cuando tras estar acostumbrado a vivir en una habitación a oscuras se abre una ventana, entra la luz, y uno descubre el desorden, el polvo y la suciedad. Tratarás de ordenar todo, en una pequeña parte quizás lo logres, pero casi con certeza todo pasará por fallar al Señor una y otra vez. Pasará por descubrir y reconocer que nada viene de tí, que por tus fuerzas no puedes, sino que todo vendrá de las gracias que Él te irá concediendo. Pasará por llorar amargamente tras haber fallado una y otra vez. Viene por saberse pecador e infiel… pero amado, amado con un amor tan grande que asusta. Pasa por verse arrodillado delante del Sagrario simplemente para contemplarle agradecido y diciendo al pesado de turno que no lloras sino que se te ha metido algo en el ojo. Pasa por conocer que muchas veces lo que piden tus labios en la oración no es lo que realmente pide tu corazón en la misma oración sin que te des cuenta realmente de ello. Pasa por verte golpeando a Cristo camino del Calvario y pasa por llorar viéndole en ese estado. Pasa por que Él se dé la vuelta y diga: te perdono. Pasa por desear que tu corazón sea un jardín sin espinos ni malas hierbas donde el Señor pueda descansar.

Se dice que en una ocasión San Antonio vio las innumerables trampas que los demonios tendieron sobre la ancha tierra, y no pudo menos que exclamar: “¿Quién podrá librarme?”

Una voz le respondió: “La humildad”

Humildad de Cristo, !quién te alcanzara!

La humildad es imprescindible para aceptar el amor de Dios. Así hay dos apóstoles: Judas el que le traicionó y Pedro el que le negó tres veces. A ambos dos el Señor les conocía y sabía de antemano que le iban a traicionar. Y a ambos el Señor les hubiese perdonado, sin embargo, mientras que Pedro lloró su negación y fue lo suficientemente humilde como para aceptar que era un pecador y aceptar el perdón de Dios aún sin merecerlo, por pura gracia. En cambio Judas terminó con el último acto de negación de la aceptación del amor de Dios quitándose el gran regalo del Señor que es la vida.

Todo pasa por dejar de mirarte a tí mismo y pasar a mirar al Amado.

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Laudate Dominum – Taizé

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