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Progreso vs. relativismo. El Culto al Cuerpo… de Cristo

In Listado de entradas on marzo 28, 2012 at 18:09

Curiosamente la palabra “progreso” es muy utilizada probablemente en el contexto histórico en el que menos sentido tiene utilizarla. Progreso implica una dirección, un destino al que se apunta, un futuro deseado, un camino verdadero. Y para establecer todas estas cosas a uno no le queda más remedio que sostener alguna clase de doctrina, un credo, o al menos algún tipo de código moral. Sin embargo, utilizado en oposicion a ideales morales concretos resulta un tanto absurdo. Es decir, en un mundo relativista que no quiere saber nada de una dirección a seguir porque no reconoce ningún camino cierto, ni reconoce la existencia de verdad objetiva alguna, es imposible que progrese a ningún lado ni siquiera le es posible utilizar de forma apropiada el termino.

El relativismo se supone que exalta la libertad. Sin embargo, es una libertad entendida de forma un tanto peculiar. Cualquier niño de primaria que pretenda jugar con sus amigos conoce dos formas muy eficaces de estropear un juego: la primera, que podríamos denominar la “vía farisaica”, consistiría en llenarlo todo de normas y reglas de tal manera que el juego resulte imposible. La otra es la “via relativista” y es tan sencillo como eliminar todas las normas del juego. Un juego sin ningún tipo de normas no es un juego, es más bien un baile de locos, también llamado individualismo.



En el fondo eso de querer romper con las normas suena a eso que podríamos llamar el pecado más viejo del mundo. Es esa aburridísima situación por la que pretendemos hacernos dueños de nuestras propias normas estropeando el juego. Fue esa ocasión en la que la serpiente antigua tentó a Eva tal que así: “se os abrirán los ojos; entonces seréis como dioses y conoceréis lo que es bueno y lo que no lo es (Gen 3,5)”. Tristemente el sucumbir a eso quizá sea precedido por el hecho de tomarnos a nosotros mismos demasiado en serio. Sin duda es la gravedad la que precipita la caída. Según la “chestertonología” el hecho de no tomarnos a nosotros mismos demasiado en serio sería casi una virtud angélica: “Los ángeles pueden volar porque se toman a sí mismos con ligereza”.

Pues eso. No rules, no game. Yo diría que es por eso por lo que en la actualidad no se suele resaltar ningún tipo de modelo, sino que nos van más los antihéroes (al parecer tenemos más claro que es lo que no queremos que lo que sí queremos. De hecho en las encuestas electorales no deberían preguntarnos a quién votamos, sino contra quien votamos). Esto es algo así como pretender llegar a la luz no por la vía de mirar a la luz y seguirla sino -presuntamente- ir topando con la oscuridad para cambiar de dirección y no caer en algo demasiado malo (pero mira que nos gusta hacerlo difícil).

También hay otro ejemplo, quizá menos frecuente, pero que también tiene sus partidarios, que consiste en la exaltación del cuerpo imperfecto y maltratado para corregir actitudes no deseadas:

Y quizá la única referencia más o menos en positivo que se puede encontrar, algo parecido a un modelo, sea algo como esto.

Ufff, tremenda pereza eso que llaman “culto al cuerpo”, que es algo así como una obsesión friki por los preceptos cuaresmales del ayuno de hidratos de carbono y la limosna de cuota mensual de gimnasio+depilación. Una suerte de mortificación vigoréxica. Si bien se suele llamar “culto al cuerpo”, a uno no le queda más remedio que preguntarse “¿al cuerpo de quién?” por aquello de que más bien parece que hay que “hacerse violencia” contra el de uno mismo para alcanzar algo que a fin de cuentas está abocado a estropearse y perecer con el tiempo. Viéndolo con perspectiva no merece la pena.

Y frente a todo esto se encuentra la Iglesia como la única que en tiempos de relativismo se atreve a levantar el dedo para señalar a la Luz en lugar de irse chocando sucesivamente con la oscuridad para poder cambiar el rumbo. Curiosamente es la que es frecuentemente vapuleada. Sin embargo el estar en esta posición la ha convertido en muchas ocasiones en la única vigía, la balanza contra la que se miden los poderes del mundo. Mientras el resto del mundo mide con una “regla móvil” que se mueve a un lado o al otro en función de la moda del momento, las enseñanzas de la Iglesia se han convertido en esa “escala maldita” contra la que se miden el resto de cosas.

La Iglesia es la única guardiana de la consistencia de la doctrina cristiana desde hace dos mil años y que es, a fin de cuentas, la única que en estos momentos se atreve a levantar y exaltar el Cuerpo Perfecto que ilumina el camino de la sensatez en la historia y de la Vida Eterna.

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