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Amor en las Ruinas, de Walker Percy

In Listado de entradas on marzo 20, 2012 at 17:48

Walker Percy (1916-1990) es un autor sorprendentemente desconocido en España: sus novelas están descatalogadas y sólo se pueden comprar de segunda mano. Nada de formato electrónico (cabezonería hispánica contra el libro electrónico, snif, snif, qué le vamos a hacer!) Pero resulta bastante comentado (explícita o implícitamente) por un buen puñado de buenos blogueros católicos americanos. Y con razón, pues es considerado como uno de los grandes del siglo XX por la crítica estadounidense.

Una de sus grandes novelas es “Amor en las ruinas” subtitulada en su contraportada como “Las aventuras de un mal católico en tiempos próximos al fin del mundo“. Es una novela que, como poco, se me ocurre calificar como un tanto subversiva. Y es que resulta peculiar que se pueda considerar como católica una novela cuyo protagonista es un psiquiatra obsesionado con las mujeres y que esconde su botella de whisky Early Times en el cajón de su despacho lleno de miembros de plástico para suplir la impotencia masculina de sus pacientes. También cuando uno de los personajes es un ex cura apóstata que trabaja controlando un “ordenador orgásmico”. Sip, la novela tiene unos cuantos momentos en que uno se pregunta “¿De qué vas, Walker Percy?”, son esos momentos “¿¡WTF!???” haciendo hincapié en la “F”…

La novela es brillante y deja ver un cierto sentido del humor que rebosa en el trasfondo de esta obra que resulta un antídoto para ese ataúd para la mente que llamamos corrección política. El término “corrección política” realmente nunca se aplica de forma genérica sino subjetiva, se utiliza en un sentido amplio para describir la afiliación con cierta doctrina política o cultural. Sin embargo yo diría que hay dos usos “perversos” (y tediosos) de la corrección política. Uno de ellos sería quedar bien delante de otros con poco esfuerzo. Es ese conjunto de frases hechas buenistas y tontorronas que a todo el mundo le gusta oir para auto-convencerse de lo buena gente que es uno. Es como la oración en voz alta y en medio de la sinagoga del fariseo en sentido contrario a la del publicano: ¡pero mira qué bueno soy! ¡oh! Otro uso perverso es la definición unilateral de lo que significa ser políticamente correcto. Es dar por sentado la opinión propia tratando de sacar del “frame”, del discurso común, al otro. Como cuando la feligresía de la gran sacerdotisa del sagrado mapa del clítoris radicaliza más el discurso de la cultura de la muerte llamando al resto, que no se han movido un ápice y siempre han dicho lo mismo, fanáticos. Como cuando se engaña confundiendo la noticia con la opinión. Quizá este segundo uso sea el uso más retorcido del ataúd-para-la-mente.

La novela de Walker Percy huye de la corrección política y parece que exhibiría en pelotas al puritano, pincharía el globo aerostático espiritualista y haría dar vueltas como un loco poseso la cabeza del cientifista-racionalista. Apela simplemente al mal católico incapaz de llamar a las puertas de la confesión sencillamente por no ser capaz de arrepentirse. Apela al protagonista, al que define desde el principio con un par de “declaraciones de intenciones”: la primera es que no es en absoluto un católico liberado, por lo que no se escaquea de considerarse un pecador negando o redefiniendo el pecado según sus intereses. Y la otra es ésta:

Yo, por ejemplo, soy un católico romano, aunque deba decir que soy un mal católico. Creo en la Santa Iglesia Católica Apostólica y Romana, en Dios Padre, en la elección de los judíos, en Jesucristo su Hijo y Nuestro Señor, que fundo la Iglesia en San Pedro, su primer vicario, la cual pervivirá hasta el final de los tiempos. Sin embargo, hace unos años deje de comer el cuerpo de Cristo en la comunión, deje de ir a misa y, a partir de entonces, caí en una vida desordenada. Creo en Dios, pero en primer lugar me gustan las mujeres, después la música y la ciencia, después el whisky, luego, en cuarto lugar, Dios, y, por ultimo, mis conciudadanos; aunque en estos últimos no creo casi nada. San Juan escribió que el hombre que cree en Dios pero no guarda sus mandamientos es un embustero. Si tiene razón San Juan, entonces seré un embustero. A pesar de eso, sigo creyendo.

Yo diría que es muy clara la influencia de los personajes que pinta Dostoievski como por ejemplo el protagonista psicópata de Crimen y Castigo. No en vano, el personaje principal de Amor en las Ruinas, doctor en psiquiatría, es también un personaje atormentado y enfermizo que se encuentra en una situación peculiar: un doctor que a la vez es paciente. Pasa continuamente del tratamiento psicológico de sus colegas a ponerse la bata de médico. Y curiosamente parece que es capaz de pensar con más claridad cuando es paciente que cuando es médico. Tampoco me extraña, después de todo el mundo está loco. Al contrario que sucede con Dostoievski tampoco sorprende que ese mundo loco, ruinoso e hipersexualizado cual adolescente que busca palabras rijosas en su primer diccionario, produzca locos, en esta ocasión, obsesionados con el sexo. La historia de este antihéroe está ambientada en el sur de unos EEUU descompuestos, la guerra total entre blancos y negros, ateos y teístas, ricos y pobres, derechas e izquierdas, pro-vida y abortistas… El catolicismo mismo si ya de por sí era minoritario está descompuesto en tres iglesias, la minoría que es fiel a Roma, la iglesia americana de carácter gnóstico y la holandesa que cree en los dogmas pero no en Dios.

Algo a destacar es que la sátira de Percy no caricaturiza la fe, sino al hombre moderno que vaga en un mundo en ruinas, tan ruinoso como el alma del protagonista. Uno de esos detalles geniales es cuando describe a lo largo de toda la obra las malas hierbas, enredaderas y vides salvajes que echan sus zarzillos sobre sillas y mesas de los jardines descuidados, que tapan casas y cubren coches abandonados… en la Biblia los llamarían “abrojos” y “agrazones”. Es uno de esos detalles que no pasan desapercibidos. De cualquier forma la obra de Percy tampoco trata de destripar al hombre sino de arrancar ese bosque de incongruencias para despejar una salida que le salve.

Tampoco se pueden escapar las referencias continuas a otros grandes como Toynbee o Tomás de Aquino. También hay un trasfondo existencialista Kierkegaardiano y del ya mentado Dostoievski. Toda su obra trata del alma humana, que Percy observa bajo el espectro de su desdoblamiento actual, de su dualismo (bestialismo-angelismo, ¿dónde está el hombre?). El protagonista, Thomas More, pariente lejano de Tomás Moro (otro grande que aparece varias veces en la novela), ha inventado el Lapsómetro Ontológico Cualitativo-Cuantitativo de More (también llamado LOCUM) con el que puede leer la respuesta del cerebro de sus pacientes “de forma ontológica” o “metafísica”, puede leer el alma!!! Y lo que observa es precisamente este dualismo, como él mismo asegura, el locum es “la primera esperanza para establecer un puente sobre la terrible grieta que ha desgarrado el alma del hombre occidental desde el tiempo en que el famoso filósofo Descartes estableció la separación del cuerpo y la mente y convirtió al espíritu en un fantasma que busca su propio hogar”.

Con todo, su humor velado, su ficción más bien punk, muchas veces el patetismo del personaje y la ceguera y cabezonería del mundo ante el posible camino de salvación resulta un relato que produce más de una reflexión y llama continuamente a hacer brotar la esperanza del cristiano alerta contra los abrojos de la desesperanza en medio de la descomposición y la ruina.

Un video y cuidado con el alma!!

[youtube:http://www.youtube.com/watch?v=dUH5RnBESgc&feature=youtube_gdata_player%5D

Una muestra de un diálogo curioso con el protagonista:

– Descubrimos de donde procedía tu cuelgue y nos propusimos apartarte de él.
– ¿Que cuelgue?
– Tus sentimientos de culpa.
– Nunca vi semejante cosa.
– No te diste cuenta de que tu depresión y tu intento de suicidio estaban relacionados con tu culpabilidad sexual…
– ¿Que culpabilidad sexual?
– ¿No me iras a negar que tu depresión no fue consecuencia de une affaire del corazón con una muñeca, en el club de campo?
– Lola no es una muñeca. Es una concertista de chelo.
– Oh! -Max siente un gran respeto por los instrumentos de cuerda-. No obstante, tu culpa fue la consecuencia de une affaire del corazón.
– ¿Te estas refiriendo a mi fornicación con Lola en el búnker del numero 18?
– Fornicación -repite Max, moviendo la cabeza-. ¿No lo estas viendo?
– ¿Viendo qué?
– Que estas diciendo que hacer el amor no es una actividad natural, como el comer o el beber.
– No. Yo no he dicho que no sea natural.
– Pero sí pecaminosa y vergonzante
– Nada de vergonzante.
– ¿Pero pecaminosa?
– Sólo cuando se realiza entre personas que no son matrimonio.
– Trato de ver las cosas como tú las ves.
– Ya sé que lo haces.
– Si es pecaminoso, ¿por qué lo haces?
– Porque es un gran placer.
– Comprendo. Entonces, dado que es “pecaminoso”, le siguen sentimientos de culpa, por más que sea un placer.
– No, no le siguen tales sentimientos.
– Entonces, ¿qué es lo que te preocupa, si no te sientes culpable?
– Pues precisamente eso: el no sentirme culpable.
– ¿Y por qué te preocupa?
– Porque si me sintiera culpable podría librarme de ello.
– ¿Cómo?
– Mediante el sacramento de la penitencia.
– Trato de ver la cuestión como la ves tú.
– Ya sé que lo haces.
– Lo que no entiendo es que, si no hay sentimiento de culpa después de une affaire, ¿por qué existe el problema?
– El problema estriba en que si no hay culpa, ni contrición ni propósito de enmienda, el pecado no puede ser perdonado.
– ¿Que significa eso en términos prácticos?
– Pues significa que no existe vida en tí.
– ¿Vida?
– Sí.
– Pero tú no estabas muy interesado en la vida aquella noche. Todo lo contrario.
– Lo sé.
– En cualquier aso, tu depresión e intento de suicidio siguieron a tu “pecado”.
– No era por eso por lo que me sentía deprimido.
– ¿Por qué era entonces?
– Porque era Nochebuena y estaba viendo a Perry Como.
– Me abrumas.
– Sí.
– ¿Qué significa “propósito de enmienda”?
– La promesa de que no se volverá a hacer algo malo y mantener tal promesa.
– ¿Y no tratas de hacerlo así?
– No.
– ¿Por qué no, si crees que es pecaminoso?
– Porque produce un gran placer.
– No logro seguirte.
– Lo sé.

Leyendo esto sólo me queda una cosa que decir antes de acabar el descendimiento hasta la Pascua:

Oh, feliz culpa, que mereció tal redentor. ¡Aleluya, Cristo ha resucitado!

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