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La barbacoa de Rubalcaba

In Listado de entradas on noviembre 2, 2011 at 10:10

Leo: El obispo de Córdoba le recuerda a Rubalcaba que la Iglesia da al Estado mucho más de lo que recibe

Está todo dicho, pero si yo fuese el obispo de Córdoba desconfiaría si Rubalcaba me invita a una barbacoa, la verdad…

Hay quien dice que ya antes San Lorenzo sufrió a Valeriano. Y parece ser que Lorenzo era el principal encargado de socorrer a los pobres y administrar las temporalidades de la Iglesia. A Valeriano la Iglesia le debía escocer, tanto era así que Valeriano, tras decapitar al papa Sixto II, amenazó al pobre Lorenzo para que entregase al emperador todos los bienes de la Iglesia.

Lorenzo, por lo visto, contestó con  no poca socarronería, algo como lo que sigue:

– «Es rica, sí, la iglesia, no lo niego. Nadie en el mundo es más rico que ella. El propio emperador no tiene tanta riqueza como la Iglesia tiene. No rehúso entregársela; déseme un plazo siquiera breve para reunir e inventariar caudal tan copioso y precioso como Cristo atesora»

Lorenzo, pues, pidió al emperador un lapso de tres días para reunir todo el tesoro que se le pedía como supremo administrador. Y a los tres días el buen hombre se presentó con todos los pobres, ciegos, ulcerosos y lisiados que acogía la Iglesia sin condiciones ni otros intereses que no fueran el amor a Dios.

Al delegado del emperador casi le dio un pampurrio al ver los tesoros de la Iglesia y exclamó:

– «Una de dos: o resuélvete a sacrificar inmediatamente a los dioses, o disponte a padecer tú solo mucho más de lo que han padecido hasta aquí todos juntos cuantos profesaron tu infame secta».

El día 10 de agosto del año 258, el amable emperador ordenó extender unos rescoldos y puso sobre ellos una gran parrilla sobre la que tendieron al pobre San Lorenzo que murió abrasado.

Lo dijo también en su día Gonzalo de Berceo en el Martirio de San Lorenzo:

Un día, Valeriano les dijo de mañana:
«Traedme a ese Lorenzo que los enfermos sana.
Veremos qué bondades hay en su yerba vana,
pues temo que salgamos con ganancia liviana».

Luego que hubo llegado, le dijo Valeriano:
«Lorenzo, me pareces más perdido que sano.
Manda que los tesoros pasen a nuestra mano,
o lograrás perderte por torpe y por liviano».

Lorenzo dijo: «Dame tregua hasta el tercer día.
Antes quiero el consejo de mi propia abadía.
Tú verás los tesoros, pero hoy no podría».
Contestó Valeriano: «Eso es lo que quería».

Creyó en estas palabras el duque Valeriano
pensando que tendría ya el total en su mano.
Y se alabó ante Decio diciendo muy ufano
que él le daría luego hasta el último grano.

Lorenzo, al fin del plazo, resolvió convocar
la multitud de pobres, de los que pudo hallar.
Se los llevó consigo y allá empezó a rezar:
«Estos son los tesoros que Dios más quiere amar.

»Estos son los tesoros que jamás envejecen.
Cuanto más se reparten, mucho más enriquecen.
Los que éstos ayudan, quieren y compadecen,
alcanzarán el Reino en que Glorias florecen».

Oye, me encanta esto último de los tesoros que jamás envejecen…

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