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El crisol

In Listado de entradas on octubre 25, 2011 at 23:41

Un día bastante bueno, muy tranquilo, salí con un cierto amodorramiento y fui a buscarlas. Las recogí y llegamos, oh milagro, bastante pronto. Tanto fue así que nos fuimos a merendar antes de entrar. Me zampé un glorioso pincho de tortilla, mientras, el camarero estuvo un rato jugando con la niña, qué majo!

A la hora entramos, estaba todo preparado, la sala limpita, la alfombra, el atril, la cruz, el paño, todo en su sitio. Y el número de asientos adecuado, porque el Señor dio a cada cosa su medida y a cada comunidad sus hermanos.

Con un día así parecía que la palabra “fuego” no encajaba en él. O sí.

Y el fuego es una de esas palabras que me abruman pues a veces se refieren a cosas distintas, es un símbolo ambivalente, o eso entiendo yo con el Léon-Dufour delante…

Porque “el amor es una llama de Yahveh, las grandes aguas no pueden extinguirla” (Cant 8,6s) Pero a la vez ese fuego purifica, “el fuego simboliza la intransigencia de Dios frente al pecado”. Y así cuenta la historia de amor con pecador y de odio con el pecado.

Y ese fuego es a la vez el que purificó los labios de Isaías (Is 6,6) y el que llevaba Jeremías en su corazón para anunciar la Palabra del Señor (Jer 20,9) Y quizás es el fuego que surge en el corazón en la conversión, en Pentecostés, cuando me siento amado por Dios, en el reconocer Su Palabra en mi vida. Es el que dice: mi vida está bien hecha, el Señor lo ha hecho bien. “Este fuego ardía en el corazón de los peregrinos de Emaús mientras oían hablar al resucitado”. Es el fuego de la alegría, del amor al otro. El único que podría hacer posible amar al enemigo.

Pero no parece el del corazón cómodamente tibio en el sofá de casa pensando lo buenísimo que soy, sino que, a la vez, el fuego calienta este crisol que llevamos dentro. Y la imágen del crisol me gusta porque el fuego lo calienta y, con él, el metal que hay dentro, lo justo para eliminar la escoria, lo que no sirve. Y así se dice que “el fuego de la humillación o de la persecución prueba a los elegidos” Quien tiene ese fuego en el corazón, quien pone al Señor en el centro de su vida parece que tiene el fuego adecuado para eliminar la soberbia, el orgullo, la escoria…

Sin embargo veo que también hay otro fuego bien distinto, el del que cede, el que se vende a esa soberbia. Y es que por lo menos yo lo que veo es que cuando no pongo al Señor en el centro hasta la humildad me escandaliza y me pongo en plan “justiciero” (¡incluso me autoengaño y justifico mis juicios al otro!!!). Y muchas veces ese otro fuego que es la soberbia y la ira te consumen, y llegas a juzgar a los demás duramente y se endurece el corazón. Y calienta tanto el crisol que el metal se puede ir evaporando y perdiendo, ¿qué quedará después? ¡sólo la escoria! Y “este fuego que no puede ya consumir la impureza se ceba todavía más en las escorias” Con razón dicen que el pecado es un “dulce amargo”… dulce en la tentación y amargo en la caída…

Y si no, pues es que lo he entendido mal…

Aún así salí sorprendendiéndome de la paciencia que tiene el Señor conmigo…

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  1. Qué patética y a la vez , maquiavelica, es la soberbia.
    En los dem´s enseguida se detecta, y se ve horrorosa
    Pero cuando quiere atacar a uno mismo ,se disfraza, te camela….

    Líbrame Señor de la soberbía que me aleja de ti y de mi prójimo. Dame la humildad para querer a mis hermanos, ayudandoles sin juzgarlos ni condenarlos

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