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Fe exultante

In Cuentos y relatos, Listado de entradas on abril 15, 2011 at 10:02

El pueblo de Israel salió a toda prisa huyendo de Egipto. Caminaban en la noche por un yermo árido y reseco acompañados por una luz tenue y mortecina de una luna menguada. Les envolvía una brisa fría, quizás desagradable. Hasta que llegaron al mar, probablemente mirarían sus aguas con desconfianza. En la noche, el agua del mar se ve negra y tumultuosa y se escucha con más intensidad el fragor de su batalla contra la orilla. En la oscuridad no hay referencias salvo el suelo que pisan tus pies, intentar aventurarse en las aguas era una opción escalofriante, ni siquiera el suelo tendrían como referencia. Estarían a merced de aquellas aguas negras, frías. Aquellas eran aguas de muerte. Y detrás… detrás venía el faraón. La masacre.

Estando allí en la orilla, entre la muerte y la masacre, pensarían que estaban perdidos, sufrirían pensando que iban a morir. Pero ese no es el sufrimiento mayor, es que allí estaba su mujer, acaso embarazada, acaso recien parida con su bebé en brazos. Estaban tus hijos, pequeños. Estaban tus padres, ancianos y débiles. No es el sufrimiento de saber que serás asesinado, casi sería lo de menos en comparación con saber que ellos también morirán.

Y no sólo eso, ellos no caminaban “sólos”, no eran individualistas, si por algún capricho del destino lograban salvar su vida y volver a Egipto sólos, ¿qué sería de ellos fuera de su pueblo? O estaban en su pueblo o no existían. Y aquel pueblo, su pueblo, iba a ser aplastado.

¿se habrían equivocado? ¿acaso habrían malinterpretado la voluntad de Dios?

Me puedo imaginar el fervor de sus oraciones en ese momento. Más que oraciones serían gritos desesperados pidiendo ayuda al Señor, clamando y llorando por su misericordia. Reclamando que Él salvase a su pueblo porque ese pueblo sólo le pertenecía al Él: “Señor, mi matrimonio es más tuyo que mío. Señor, mi familia es más tuya que mía. Este pueblo es tuyo no nuestro, ¡AYÚDANOS!”

Y me imagino, a esas alturas del drama de la muerte, su reacción al ver lo imposible, lo que a nadie le cabe en la razón, ¡ver abrirse las aguas, las aguas de la muerte, para que ellos pasaran! Y como sangre en las venas no le faltaba a aquel pueblo, me puedo imaginar el inmenso grito de alegría que lanzaron. Aquel grito exultante. No fue un tímido “aleluya”. No, fue más bien como oir un grito atronador que difícilmente te puedes creer que haya salido de boca humana. Y, vive Dios, que la gratitud de aquella gente a Dios en ese momento tuvo que verse físicamente ascender por el aire como el incienso. Y vete tú ha hablarles de racionalismos y de teorías a ver que te contestan.

Definitivamente la fe de aquella gente no era una fe que te mantiene calentito el corazón tranquilito en el sofá de tu casa viendo un poquito la tele antes de irte a dormir sabiendo que cuando seas viejo tendrás la pensión asegurada…

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