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El más hermoso de los hijos de Adán

In Cuentos y relatos, Listado de entradas, Razones para la fe on abril 7, 2011 at 16:25

Y lanzó un grito:

– ¿Qué es bueno?
– Todo lo que eleva el sentimiento de poder, la voluntad de poder, el poder mismo en el hombre
– ¿Qué es malo?
– Todo lo que procede de la debilidad.
– ¿Qué es felicidad?
– El sentimiento de que el poder crece, de que una resistencia queda superada.

Se sintió bien, se sintió reconfortado, miró sus logros y se jactó de ellos. Probablemente en poco tiempo tendría más responsabilidades, más poder, más dinero, más experiencia. Eso le hacía sentir bien, sin duda eso era bueno. Confiaba en sus planes mientras resonaba una voz que decía:

– “unos nacen con estrella, otros estrellados. Tú eres de los primeros”

Su gran torre se estaba construyendo la miró y se sentió orgulloso del esfuerzo que le había llevado colocar todas las piedras, de una en una. Las banderas y los pendones se enarbolaban en lo alto de esta gran torre como queriendo cantar al mundo su gloria.

Poco a poco empezó a notar que a medida que colocaba piedras para hacer su torre aún más alta las piedras de más abajo se empezaban a resquebrajar. Por supuesto no le dió importancia, consideraba su torre fuertemente asentada. A medida que seguía creciendo la torre se iba resquebrajando más y más. Llegó un punto en que se dió cuenta de que algo no funcionaba, se planteó si lo estaría haciendo bien. Se planteó si con su torre tal cual era le bastaba, pero aquelló era imposible, algo dentro de él le decía que nunca sería feliz si su torre no crecía y crecía. ¿Qué pasaba? ¿Acaso era él, habría hecho algo mal con su torre? Antes, al principio, había sido feliz ¿por qué ahora no? Pero… ¿realmente había sido feliz anteriormente? Pensaba que si, pero…

Alguien llamó a la puerta de su torre. Bajó corriendo, pensando que era alguien que le necesitaba. Seguro que era alguien que quería un consejo para su propia torre.

Cuando abrió se encontró con alguien que aseguraba que vivir sin torre era la auténtica felicidad. ¿Como? ¡Eso es imposible! ¡Eso no te puede hacer feliz! Por supuesto le echó de allí pues era un don-nadie, un vagabundo que le venía a molestar…

Sin embargo cuando volvió al interior comenzó a pensar… Fue a la base de la torre y vio cómo estaba agrietada y desconchada. Miró a lo alto y observó cómo lo que él antes había visto como banderas y pendones ondeando al viento no eran más que telas de araña y trapos sucios. La torre era gris, sin belleza, sin ventanas. Sintió que le faltaba el aire, eso no podía ser, ¿qué había pasado? ¿realmente eso le iba a hacer feliz? ¿como es posible que el poder no le diese la felicidad?

Miró a su alrededor y se vió sólo. Sólo y encerrado. Sin darse cuenta había echado a la gente que tenía a su alrededor y se había encerrado en su torre. Y ahora los echaba de menos. El futuro que él había planeado no era así. Y salió corriendo a buscar a aquel vagabundo y le pidió que le ayudase. El vagabundo le dijo:

– entrégame todas las piedras de tu torre
– imposible, ¿qué haré si ellas?
– nadie te obliga, si quieres puedes seguir como estabas
– no, espera un momento, te daré una parte y la otra la conservaré
– no, no serás feliz hasta que me dés hasta la última de las piedras

Con temor empezó a quitar todas las piedras de su torre y empezó a cargarlas sobre la espalda del vagabundo. Cuando estaba en la mitad de la tarea miró al vagabundo hundido por el peso de las piedras y le dió lástima:

– ¿qué puedo hacer por tí?
– darme las piedras de tu torre
– ¿pero por qué haces esto? Si yo no he hecho nada por tí, ¿no me pides nada a cambio?
– si, el resto de las piedras de tu torre.

Con lágrimas en los ojos le siguió preguntando:

– pero ¿por qué? Si yo te he despreciado…
– por que te amo

En ese momento rompió a llorar. Y se comenzó a vislumbrar cuál era el propósito de desarmar su torre. ¡Cómo había podido estar tan ciego!. Acabó de poner todas las piedras sobre el vagabundo y le miró. Estaba descoyuntado por el esfuerzo, su rostro apenas parecía humano, estaba desfigurado. Cuando el vagabundo le miró él volvió el rostro, no podía soportarlo.

Se dió cuenta de que estaba descalzo, no se había acordado de coger un calzado adecuado. Soplaba el viento y sin su torre encima sentía un abismo sobre él. ¿qué va a ser de mí? Me siento desnudo…

Poco a poco se fue percatando de la realidad, se encontraba sobre una alfombra de hierba que acariciaba sus pies. Y como no estaba acostumbrado a las corrientes de aire lo que le parecía un viento atronador no era más que una suave brisa, ¡y era una brisa cálida y acogedora! Y miró a lo alto, ya no estaba el techo de su torre lleno de telarañas y suciedad, sino una bóbeda maravillosa adornada con estrellas. Que bueno era todo… Incluso tenía un arrollo de agua fresca al que se acercó a beber, ¡qué agua tan dulce!

¿Cómo era posible que hubiese pasado su vida construyendo esa estúpida torre sin darse cuenta de que ya lo tenía todo?

En un momento se dió cuenta de que había olvidado a aquel vagabundo. Le buscó con la mirada y allí estaba él, sin sus piedras. ¡Ya no estaban! Le miró y vió que su rostro era hermoso. Se sentía tan feliz que no pudo abrir la boca para agradecérselo. Tragó saliva y tan sólo pudo decir:

– ¿cómo he podido estar tan ciego? ¿cómo he podido construir eso? ¿cómo es posible que mi orgullo se haya adueñado de mí de esta manera? ¿cómo es posible que haya echo esto?
– Dame esta piedra también

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